Nos conocimos en una tarde de noviembre en
una pequeña librería de viejo. Los dos
buscábamos el mismo libro —el último que
quedaba— y nuestras manos llegaron al estante
al mismo tiempo. Hubo una risa incómoda, un
"discúlpame" simultáneo y, sin saber muy bien
cómo, terminamos acordando tomarnos un café
para resolver el asunto. Ese café se extendió
hasta que el lugar cerró, y al salir ya sabíamos
que queríamos volver a vernos.
Lo que siguió fueron meses de caminatas sin
destino, conversaciones que no tenían hora de fin
y la sensación de que con el otro el tiempo
simplemente desaparecía. Una noche, Arturo
tomó mi mano mientras caminábamos y yo no la
solté. No hizo falta decir nada más.
Años después, perdidos en Lisboa con un mapa
viejo y ningún plan, Arturo sacó un anillo en una
plaza vacía a medianoche y me preguntó lo que
los dos ya sabíamos. Dije que sí antes de que
terminara la pregunta. Hoy estamos aquí, listos
para el capítulo que más nos emociona, y
queremos vivirlo contigo.